Muertas vivas
II. Bar de mala muerte

10.I.2020
Texto de
Ilustración de Cosmo Danchin-Hamard

Extinto es el vino de las muertas, y ellas lo beben como si estuvieran en misa y este bar fuera su religión, alabado sea. Aquí solo hay lugar para las que pasaron al otro lado del espejo; cada sorbo purga lo que dejaron atrás, el recuerdo y la sensación con la que se despidieron definitivamente. La cabeza en el horno, el exterminio de una familia, un grupo de mujeres conducidas hacia la hoguera. A Dios.

—¿Qué será esta vez, Merga Bien?

Ella responde que tiene un antojo funeral de una copa de vino ácido, uva volcánica. Una elección acorde: las brujas incineradas suelen inclinarse hacia los extintos añejados en ceniza. Y es que sus propios cuerpos despiden nubes de ceniza al moverse. Partir de una forma tan brutal deja efectos colaterales en la vida posterior; muchas de ellas ardieron en las piras de la Inquisición en el año 1600, forzadas a confesar hechizos que en realidad se acercaban más a la medicina herbolaria que a la brujería.

—Una de las nuestras está interesada en entrar en el bar —dice Merga Bien, y sacude su sombrero negro—. Mother Shipton, la profetisa inglesa. No lograron quemarla como a nosotras, sino que escapó y murió años después por causas naturales. Vamos, Kiki. Su sufrimiento entra dentro de los parámetros. La pobre se queda siempre afuera de nuestras reuniones. Dadle acceso al bar.

Desde la barra, Kiki de Montparnasse contempla la mesa tres. Los restos de polvo viajan en oleada a través de los sombreros negros, esparciéndose en remolino sobre brujas y meigas. Las clientas asumen que manejar el bar es cosa fácil, pero elegir qué muertas-vivas entran — y qué otras no — es un asunto complicado para Kiki. Primero arma un esquema biográfico y clasifica las formas de muerte en columnas comparativas, para decidir cuáles podrían valorarse como “malas”. ¿Tortura en una mazmorra? ¿Fusilamiento masivo? Bienvenidas, adelante, por favor; ya mismo les alcanza un extinto. ¿Paro cardíaco repentino? ¿Y durante el sueño? Demasiada suerte: ¡entrada rechazada! Porque el bar de mala muerte es, ante todo, un antro literal. Sus puertas sucias se abren exclusivamente ante aquellas desgraciadas que sufrieron, como indica el título, una muerte para no recordar.

¿Y qué es una mala muerte?

Bueno, allí van siempre las mismas, y, cuando entra una nueva, la ley del oeste exige clavarle una mirada x-ray para que no se sienta igual de bienvenida que el resto; códigos entre habitués.

Merga Bien sigue postrada en la barra, se pinta los labios descoloridos con vino y le lanza a Kiki una mirada cómplice. En vida, Merga fue una heredera alemana del siglo XVII, famosa por haber sido la primera víctima de la caza de brujas de Fulda. Se casó tres veces, con lo que inspiró incertidumbre en sus ciudadanos, que vivían bajo el poder del príncipe obispo Balthasar von Dernbach, un reformador católico que mandó a más de setecientas mujeres a la hoguera. Merga estaba embarazada cuando la quemaron viva. Lo gritó mientras la torturaban. Dijeron que su hijo había sido concebido con el diablo y así, para purgar lo que clasificaron como actividades liberales, la sentenciaron a la hoguera.

Con delicadeza, Merga extiende la mano y entrega a la barista una especie de bulbo cubierto en tierra.

—Un regalito de parte de Mother Shipton para combatir la descomposición y la rigidez cadavérica —dice, y da unos pasos hacia atrás—. Se hierve con azúcar y se prepara un ungüento. Úsalo tres veces por semana, justo antes de dormir. Mother Shipton espera tu respuesta, Kiki. Piénsalo.

Mientras se aleja caminando, Merga Bien produce una humareda densa que inunda la mesa de al lado, en la que se sientan las poetas suicidas: Sylvia Plath, Marina Tsvetáyeva, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik y Anne Sexton.

—Este humo me va a matar —exclama Sylvia Plath, hiperventilando—. Inciensos de muerte.

Las poetas suicidas tosen y abanican con las manos para disipar el humo. Pero en el bar de mala muerte no hay ventanas ni rejillas de ventilación y, con la nueva corriente de aire, las otras brujas y meigas también empiezan a desprender carbón, costras y demás impurezas.

—Merga, estás perdiendo humo.

—Mucho humo, Merga. A punto de prenderte fuego.

—¿Estás teniendo un mal día? ¿Un día de muerte?

—¿Por qué no aprovechas tu escoba mágica para barrer las cenizas? Como para no juntar tanto ácaro.

—¡Shh! 

Los murmullos de las poetas producen un efecto en cadena en las integrantes de la mesa dos. Ahí están las Románov, imagen esplendente de la realeza rusa en crepúsculo. Todavía bañadas en perlas mate de la India, briolettes y diamantes rosas, los cadáveres semivivos de las Románov apenas observan otra cosa que la podredumbre del mantel y el vidrio barato de las copas. 

—¿Qué hacen acá, mamochka? Este es un bar de mala muerte. MALA MUERTE, repito. Las suicidas no se merecen un asiento. Ellas eligieron su partida, incluso la diseñaron. Nosotras, no. Ni. De. Lejos. ¡Y con lo que a mí me hubiera gustado seguir viviendo!

La que habla es la gran duquesa Anastasia Románov, que perdió la vida a los quince años junto a su familia imperial, asesinada en un sótano por las tropas bolcheviques a tiros, golpes y bayonetazos. Ahora, ciento dos años después de su muerte, las cuatro hermanas Románov y su zarina madre se han convertido en una mafia poderosa del Perséfone. Kiki las mira desde la barra, contemplándose entre ellas como moscas sobre la mesa. Supongamos que ella quisiera intervenir para evitar el desencadenamiento de una tragedia. Supongamos que quisiera enfrentarlas… Las Románov —específicamente la zarina Alejandra— controlan un spa gótico que ofrece el servicio de camas-tanning, unas camas bronceadoras impregnadas de radiación solar que permiten que las muertas-vivas no se vean tan decrépitas y macilentas a medida que la eternidad avanza. Porque cuidarse es importante incluso en la postvida.

De vuelta con la mafia, parece que hay una alianza en el aire entre las Románov y las madrinas italianas, quienes controlan el ala sur del Perséfone; si esto siguiera adelante, sería un beneficio mortífero para la expansión de su imperio. 

Para aliviar la tensión, Kiki se acerca a las Románov y les sirve uno de sus extintos más cotizados: uva de vida. Esta variación produce, durante el tiempo que se ingiere, que el aspecto físico dé marcha atrás y, por unos segundos preciados, las muertas-vivas vuelvan a sentir tibieza en su piel lívida. La zarina se muestra interesada, muy interesada. Agarra la copa y analiza el líquido ambarino entre sus dedos frágiles, cadavéricos.

El efecto es inmediato, y ahora todas quieren probar la uva de vida.

Románov.

Brujas.

Poetas suicidas.

Todas en éxtasis y Kiki atrás, en silencio, hasta que…

Les dice que el bar está abierto las veinticuatro horas —un trabajo incansable, puesto que hablamos de la eternidad— con la única condición de que juntas compartan las pestes que la vida les dejó, la confirmación de que el final de la película no es feliz sino terrorífico y el hecho de que de expectativas ya no les queda ninguna. ¿Y qué se hace sin expectativas o deseos? ¿Cómo pasar el tiempo cuando saben lo mal que todo acabó? Por eso no importa si Alfonsina murió ahogada o si Sylvia eligió irse a los treinta años; todas conocen al monstruo que crece adentro, pero mejor aún conocen al monstruo que habita en el exterior, ese que se propaga entre las mentes débiles y pretende equipararlas cual fichas de dominó, en fila india.

—¡Por Kiki de Montparnasse! —brindan todas—. Y su entrañable bar de mala muerte.

Ahora sí se ahogan en extinto hasta flotar inclinadas, como si estuvieran en el arca de Noé, pero desviándose, lentamente, hacia la dulce nada.

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