Carmen Pacheco
entre olas y flechas

27.XII.2019
Texto de
Foto: Carmen Pacheco en su lugar de trabajo

Hace tiempo que sigo los pasos de Carmen Pacheco, una escritora española nacida en 1980 que me resulta interesantísima, así que este mes he querido hablar con ella. Carmen es de esas personas que consiguen hacer poesía cada vez que agrupan palabras en una frase, no importa el tema que trate. Su sensibilidad reconfortante y su gusto refinado por todo lo bello logran hacer de internet un lugar mejor. 

El año pasado me suscribí a su newsletter OLA, una carta que envía todos los sábados de verano repleta de anécdotas, pensamientos y recomendaciones de todo tipo —con el placer estival como hilo conductor—. Y este año Carmen ha lanzado Flecha, su nueva newsletter quincenal, más amplia e íntima. 

Personalmente, su trabajo me recuerda a la niñez, a las ediciones antiguas de libros clásicos y a escribir a mano. A pesar de que casi todo lo que he leído de ella ha sido en plataformas digitales, consigue de alguna forma transmitir artesanía, viejos medios y una esencia pura. 

A continuación, la charla telemática que tuvimos sobre Flecha y su vida como escritora off y online

Judit Herrera: ¿De dónde surge la idea de OLA?

Carmen Pacheco: Hacía tiempo que me apetecía tener una newsletter propia, con un estilo de carta personal. Unos años antes me había encargado de escribir el boletín semanal de Verne (al que llamamos «la carta de Verne») y quería hacer algo así, pero sin estar vinculada a un medio. Un proyecto como los que se me ocurrían cuando era estudiante y todo lo que hacía en internet era un experimento. El problema es que casi todas las newsletters personales que veía de otra gente acababan siendo abandonadas (lógico, porque llevan mucho trabajo). Así que se me ocurrió asociar la mía al verano para darle una fecha de inicio y de final. Esto creo que resultó ser un acierto.

JH: ¿Qué diferencia hay entre Flecha y OLA? ¿Por qué Flecha es tu proyecto más especial?

CP: He escrito OLA durante tres veranos, antes de atreverme a tener una newsletter periódica a lo largo del año —y aún así, es quincenal y no semanal como OLA—. Después de probar el formato con mis cartas de verano, estaba segura de que era un buen medio para escribir sobre otro tipo de cosas. OLA está dedicada sobre todo a los placeres estivales y hay temas que no me encajan con ella. En Flecha me sentiría cómoda hablando de cualquier cosa. Es aún más personal, una especie de evolución. Por supuesto, todo esto son distinciones que yo tengo en mi cabeza. Son los lectores los que podrían decir si de verdad encuentran diferencias entre ambas.

JH: ¿Cómo decides qué temas tratar?

CP: El concepto de Flecha es básicamente el de escribir con el corazón en la mano. Lo mejor es que no existe un tipo de temas que encajen o no. Solo tienen que ser reflexiones que sienta verdaderas en lo más profundo y que crea que pueden servir a alguien. No escribo ni para desahogarme ni para exhibirme —que son dos fases de la escritura muy necesarias, pero que ya pasé en su día—. Igual suena cursi, e incluso un poco arrogante, pero la idea de Flecha es «hacer el bien». En una medida pequeña e irrelevante, quizá, pero yo siento que estoy poniendo mi granito de arena y, en cierta forma, devolviendo el bien que a mí me han hecho las palabras de otros.

JH: ¿Hay un tema del que podrías escribir durante horas sin cansarte?

CP: Muchos. Uno de ellos es el lenguaje hablado. Me obsesiona pensar en por qué, de manera inconsciente, elegimos unas palabras y no otras para expresarnos, los matices que tienen, cómo podemos impactar a los demás con ellas… Es uno de esos misterios con los que convivimos y a los que en nuestra vida cotidiana no prestamos demasiada atención.

JH: Como escritora, ¿de qué manera te afecta la inmersión digital de tu público?

CP: Me afecta en todos los sentidos. Por ejemplo, hay gente que me lleva leyendo en internet desde siempre y ha tardado años en acercarse a mi novela. Algunos me han escrito para decirme que les ha encantado y que no entienden por qué tardaron tanto en leerla. Yo creo que sí lo entiendo. Un libro requiere un nivel de compromiso mayor, no es una lectura tan casual como un post o una columna. Además, una obra de ficción es un terreno muy distinto. Yo leo a mucha gente que me gusta, pero no me apetecería leer una novela de ellos. Y, con muchos escritores de novela, a veces me pasa lo contrario: cuando los encuentro en redes sociales o leo un artículo suyo, me decepcionan un poco. Los medios digitales han creado un montón de escenarios distintos para los escritores. Esto nos da muchas posibilidades, pero también hace que movernos entre ellos pueda resultar complicado.

JH: ¿Escribes para ti misma o para un tipo de persona en particular?

CP: Hace años hubiera contestado a esta pregunta de manera diferente. Ahora creo que ya no me engaño. Sé que, por muy solitario que me parezca el proceso de escritura, de manera inconsciente tengo siempre en la cabeza a un público invisible, y eso afecta a la voz con la que escribo. Mi trayectoria como escritora ha sido una especie de peregrinación buscando el escenario y el público donde esa voz mía me resultara más auténtica, y creo que con Flecha por fin he encontrado mi sitio.

JH: ¿Qué cualidades te imaginas que hay que tener para apreciar tu trabajo?

CP: Gracias a mis cartas he descubierto que ninguna en particular. Probablemente sea una de las mejores cosas que me ha dado este proyecto. Por las respuestas que recibo, sí que podría decirse que existe una «lectora tipo» de mis textos. Suelen ser mujeres, en un rango de edad amplio, pero con gustos afines a los míos. Pero a veces también recibo mensajes de gente que hace que me estalle la cabeza. Por ejemplo, creo que una de las respuestas más bonitas que he recibido fue la de un chico de unos diecisiete años, deportista profesional, de un mundo completamente ajeno al mío, que me hablaba un poco de su vida y de las cosas que le estaban pasando. Me decía que cuando me leía sentía que seguía habiendo «gente de verdad» —un concepto complicado de explicar, pero creo que lo entiendo, porque yo sentí lo mismo al leerlo—. Otras veces, personas que apenas conozco, como amigos de amigos, me comentan que son fans de mis cartas. Esto también me impresiona mucho, porque en algunos casos se trata de gente con la que aparentemente no tengo nada que ver.

Supongo que el denominador común es tener una sensibilidad parecida a la mía, pero, dicho esto, encontrarla en personas tan distintas me hace muy feliz.

JH: ¿De dónde surge tu gusto por utilizar los “nuevos” medios de comunicación de manera “tradicional”?

CP: Esta pregunta me la han hecho más veces, y me resulta muy graciosa. Creo que el significado de «tradicional» tiene que ver con la edad del entrevistador y con qué se encontraba haciendo en 1995. Si, como yo, estabas pasando ya la mitad de tu vida en internet, el concepto de «nuevos medios de comunicación» no tiene mucho sentido o bien se refiere quizá a las redes sociales, que ya tienen sus añitos, también. La gente más joven tiende a pensar que, antes de que ellos tuvieran su primer móvil, el mundo era analógico. Pero internet tiene ya una larga vida y, en sus primeros años, cuando las marcas aún no habían llegado a colonizarlo, era un lugar fantástico.

Hay quien me dice que mi newsletter le recuerda a las cartas en papel que escribía y recibía en su adolescencia. Eso me encanta. Pero en realidad lo que hago es un intento de revivir esas emociones positivas e ingenuas que sentíamos al usar internet en sus comienzos. Eso es lo «tradicional» para mí.

JH: Hablemos de las divas. El imaginario que creaste con tu hermana en el cómic Divas de diván es muy potente; creo que retrata, sin importar la clase social, la tendencia hedonista y narcisista de estos tiempos, con un sentido del humor y una estética exquisitos. ¿Hay algún proyecto en el tintero para seguir dando vida a las divas? Yo, personalmente, lo estoy deseando.

CP: Muchas gracias por esa descripción de Divas de diván. Me halaga, y me gusta mucho. Si mi hermana y yo hacemos más cómic, seguro que es para darle continuidad a nuestras divas. De momento, tenemos otro tipo de proyecto entre manos, pero seguro que en algún momento volveremos con ellas.

JH: Y en cuanto a las redes, ¿de qué manera gestionas tu exposición mediática? Entre las cartas y la actividad en Twitter e Instagram, ¿qué temas consideras que no son para compartir?

CP: Este es un asunto complicado. Muchas veces he pensado que debería pararme a establecer unos límites o a reflexionar sobre el tipo de cosas que quiero exponer o compartir en redes, pero soy incapaz de hacerlo. Creo que son demasiados años dejándome llevar por la espontaneidad como para ponerme restricciones a estas alturas. Por otro lado, hay temas con los que me autocensuro de manera inconsciente. Por ejemplo, hace muchos años, en la época de los blogs, cuando en España aún éramos apenas un puñado de personas en este mundo, evitaba hablar de sexo, porque era como un imán para la peor clase de seguidores —y aún así tenía algunos—. Desde entonces, mi persona en internet ha sido completamente asexual. Es un tema del que puedo hablar sin parar, pero, sin embargo, no creo que haya tan siquiera tuiteado sobre sexo alguna vez. No me imagino escribiendo sobre ello, pero supongo que alguna vez debería hacerlo, porque, después de todo, es un tema bastante importante de la vida.

JH: Desde fuera, da la sensación de que todo lo que tu público siente por ti, tu trabajo y tu buen gusto es admiración; el otro día me preguntaba si Carmen Pacheco tiene haters. ¿Has tenido que lidiar alguna vez con trolls?

CP: Cuando publicamos Troll Corporation, nos hicieron mucho esta pregunta a mi hermana y a mí. Creo que no tenemos haters porque no tenemos demasiada relevancia. Por supuesto, hay gente a la que me consta que no le gusta nada lo que hago, pero solo se convertirían en haters o solo han dado muestras de serlo en potencia cuando algo que he escrito ha tenido un pico de popularidad.

Según mi propia teoría personal, todos podemos convertirnos en haters cuando nos encontramos rodeados de gente que no deja de alabar algo que nosotros detestamos. El hater siente que debe ir contra esa corriente y expresarse para a) encontrar a otros que piensen igual y no sentir que es la única persona en el mundo que ve «la verdad» y b) para abrir los ojos a algunos de esos fans descerebrados. Por supuesto, psicópatas y gente retorcida los hay, pero creo que la mayoría de los haters, a su manera, intentan hacer el bien, así como que cuando atacan a alguien es porque lo han deshumanizado. Por poner un ejemplo extremo, creo que la mayoría de los haters de Dulceida son personas que creen que están criticando una moda, un estilo de vida o un modelo de negocio más que a una persona. Esto no quita que, por muy curtida que esté una megainfluencer como Dulceida, en un mal día le pueda afectar.

Siempre he pensado que vivir de exponerte en redes tiene un precio altísimo a pagar que yo, por el tipo de persona que soy, jamás podría permitirme. Como verás por la extensión de esta respuesta, es un fenómeno social que me aterra y me fascina al mismo tiempo.

JH: Y, por último, ¿cómo es tu habitación propia?

CP: Afortunadamente, mi lugar ideal para escribir y «sentirme yo» es móvil y adaptable. Puede ser cualquier sitio donde haya luz y plantas, un lugar para sentarme y la posibilidad de pasar desapercibida.

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