Cynthia Fusillo, la vulnerabilidad y el arte de sentirlo todo

21.VIII.2018
Texto de
Foto de Marta Serna

Pasamos una mañana de diciembre en el piso-taller de Cynthia Fusillo en Barcelona, la ciudad donde ha vivido sus últimos 15 años. Ella es originaria de Nueva York, así que, citando a Lena Dunham, es automáticamente interesante. Cynthia nos habló durante horas de su último trabajo, de su estancia en China haciendo arte y, sobre todo, de su manera de ver la vida y sentir las cosas.

La artista trabaja con materiales que encuentra en la naturaleza – flores, papel, hojas…-, e intenta mostrar la fuerza que hay en la vulnerabilidad de la materia. Lo mismo hace un collage, que coge su máquina de coser o escribe un poema. Sus especialidades son las instalaciones conceptuales y la confección de vestidos de papel y otros complementos de ropa. Y se rige por una guía instintiva, fruto de una sensibilidad extrema a su entorno. 

Judit Herrera: Cynthia, cuéntanos tu historia.

Cynthia Fusillo:  Empecé estudiando Biología en la universidad, porque para mí estudiar la vida era una manera de estudiar arte. También viajaba mucho por Europa gracias a la universidad, y frecuentando museos aprendí mucho de la Historia del arte. Mi manera de aprender las cosas era absorviéndolas, porque mi memoria nunca ha sido muy buena. Yo sentía las cosas.

A los 17 años me fui de casa y encontré un trabajo en la primera clínica de abortos de Nueva York. Me cogieron porque en aquel momento hablaba italiano. Los abortos eran algo muy secreto; era ilegal en la mayor parte del mundo, por lo que venían mujeres de todas partes: Canadá, España, Italia… Yo me comunicaba mucho con ellas, y tenía una manera especial de entenderlas, supongo, por lo que acabé trabajando con niñas de 13 años. Muchas de ellas ni siquiera sabían cómo se habían quedado embarazadas; muchas habían sido abusadas por sus familiares.

Cuando acababa de trabajar en la clínica me iba a pintar a The Art Student’s League. Esa época fue fantástica para mí, venían artistas de todo el mundo y conocí a mucha gente interesante. Ése era mi día a día: abortos y pintura. Al final dejé la clínica, porque acabé muy descontenta con la manera de los médicos de tratar el tema. Recuerdo que incluso fui a protestar con un grupo ante los senadores, que, como de costumbre, no se enteraban de nada… El tema del aborto siempre ha sido una lucha. Aún hoy lo es.

También estudié Psicología Espiritual en la Universidad de Santa Monica, y Bellas Artes en la Universidad de Nueva York. La psicología espiritual cambió mi vida totalmente. En segundo año de carrera nos pidieron que pensáramos en algo que siempre habíamos querido hacer, pero que nos resultaba imposible. Para mí era escribir. Y a partir de ahí empecé a jugar con las palabras y a escribir poesía.

Me han pasado un montón de cosas en mi vida, y sí, algunas han sido más difíciles por ser mujer. Ahora con 64 años me siento más libre y más yo que nunca. La vida tiene momentos terribles, pero luego llegan otros que son fantásticos. Creo firmemente que una debe pasar por muchas dificultades en la vida. En la comodidad no se aprende nada; yo no aprendo estando aquí sentada, por lo que no me importa la incomodidad. Quiero sentir lo que está pasando y crear algo con ello. Esa es mi manera de vivir.

Cynthia junto a su obra

J: ¿Cómo es tu proceso creativo?

C: Mi taller es el espacio más libre que existe. Muchas veces no sé lo que va a pasar cuando llego, así que dejo que los materiales me digan cosas. Lo único que pido es que pase algo que me sorprenda.  Me gusta trabajar de manera intuitiva. No juzgo nada en mi taller. Si juzgas algo como bueno o malo te cortas las alas, es mejor ver a dónde llegas con lo que tienes. 

Ahora me gusta usar a otras mujeres en mi obra, todo tipo de mujeres. Estuve en China trabajando con otras artistas durante un mes. Cuando voy a un país diferente intento hacer un homenaje a la mujer. Es una manera de apreciar a personas que no fueron muy respetadas en vida. Es algo que me da mucha fuerza. Mientras buscaba poetas en las que inspirarme, encontré a mi musa. Se llamaba Qiu Jin y fue guerrera y poeta. Cuando la encontré, pensé ¡guerrera y poeta, wow!

Construí unas medias en las que escribí uno de sus poemas. En él dice que tiene que salir de su país, dejar a su familia y vender sus joyas, y critica duramente la situación de las mujeres en su país. No podías escribir así en su época. Cuando volvió a China, le cortaron la cabeza. Su frase final era ¿quién nos puede ayudar?

Mi método es no tener método. Recopilar material que me diga algo, de la manera que sea.  Una parte importante de trabajar como artista es decidir cuál va a ser tu material y recopilarlo. Cuando estaba en China estaba todo el día bebiendo té; es el mejor del mundo. Y a mí me encanta usar cosas de mi día a día, así que empecé a recopilar flores del té y papeles. Pasaba mucho tiempo tiñendo los papeles. Ese proceso me encanta, trabajar y jugar con la materia es una parte de mi trabajo que disfruto mucho. No necesito demasiado para empezar, pero necesito algo. Después de tantos años tengo un gran archivo, y automáticamente acudo a él. Tengo historia y muchos materiales.

Una de las costumbres que tengo en mi trabajo es revelar ciertas cosas y reservar una parte. No tienes que darlo todo como mujer. Puedes guardarte muchas cosas solo para ti. Yo estoy aprendiendo esto a los 64. ¡Aprended esto antes que yo! (Risas).

J: En tu reciente trabajo haces una comparación entre el cuerpo de la mujer y la naturaleza, ¿puedes contarnos un poco?

C: Estoy trabajando con la idea de vulnerabilidad como fuerza; no como una debilidad, sino como manera de conectarnos con el mundo. Si no te abres y te arriesgas a ser vulnerable, no puedes conectar con nadie.

Yo quiero recuperar la belleza femenina de los orígenes. He hecho muchos vestidos últimamente. Una persona me hizo una observación que cambió mi perspectiva: me dijo que mis vestidos no estaban vacíos, que estaban llenos de presencia. Y de repente todo tuvo sentido. Yo trabajo desde dentro hacia fuera, por lo tanto, mis vestidos están llenos de mí. Estoy trabajando mucho con esa frase. A veces me bastan unas palabras para trabajar durante años. 

J: Hiciste un proyecto en Ca la dona en el que animabas a mujeres a explicarte momentos de su vida en los que habían sido más libres, y lo llamaste Cuéntame tu historia. ¿Cómo fue esa experiencia?

C: Fue muy interesante para mí. Yo aprendo mucho escuchando a las mujeres. A veces sentimos que nos pasan cosas terribles y que estamos solas, pero hablando nos damos cuenta de que nos pasan las mismas cosas. Yo crecí en un ambiente de secretos, por lo que encuentro muy sano que tengamos esa tendencia a explicar nuestras cosas. Me hace sentirme parte de la vida, siento que no me escondo. Y es una forma de supervivencia a veces.

Hay algo en la manera de comunicarse de las mujeres que es muy genial, muy cotidiano y significativo para mí. En mi vida la gente no me ha preguntado cómo me sentía, no se me ha escuchado tal vez. Los hombres, mi padre, mis hermanos, mi marido… no me escuchaban. Así que yo quiero escuchar a las mujeres. Y a mí misma.

J: Tú creaste una instalación en homenaje a la Habitación propia de Woolf, ¿cómo de importante es tener tu propio espacio?

C: Cuando Virginia Woolf fue a Oxford no dejaban entrar a las mujeres, tuvo que dar una charla en los jardines. Mi hija estudió en la universidad de Oxford. Me impresionó tanto ese hecho.

Antes, las mujeres no tenían su propio espacio; si querían escribir tenía que ser en el salón de todo el mundo. El único momento en que podían escribir tranquilas era cuando estaban en cama superando una enfermedad. Llamaban a eso poesía de enfermedad o poesía enferma.

Yo siempre he estado buscando mi espacio personal. Todas las mujeres lo necesitamos. Si no la tienes físicamente, puedes empezar a crear tu habitación propia dentro de ti; eso lo puedes llevar donde sea.

Cuando viajas continuamente, tienes que llevar algo contigo que sea inamovible. Como el  cuadro “Femme Maison” de Louise Bourgeois, que es un cuerpo con cabeza de casa. (Cynthia se ríe).

J: ¿Cuáles han sido tus referentes?

C: Creo que cuando estuve en Italia me influenciaron mucho los frescos, los cuadros religiosos y el expresionismo abstracto. Ahora mismo, Kiki Smith, Ana Mendieta, Louise Bourgeois, Anselm Kiefer… muchísimos.

Me concentro mucho en las mujeres porque siento que necesito modelos a seguir. No siempre ha sido fácil tener a una mujer como referente. Estoy cambiando mi opinión sobre un montón de cosas. Antes te hubiera dicho que no importa quién lo haga, que el arte es arte. Ahora me fijo mucho en la persona que hay detrás de ese arte, especialmente si es un hombre. Siempre me encantó Picasso, pero hay que admitir que era un cabrón. Ya tampoco miro películas de Woody Allen. No quiero la energía de gente que ha mostrado discriminación de cualquier tipo – especialmente si es de género-; es una manera de autoprotección. Antes no pensaba así, pero la ola de Harvey Weinstein me ha hecho cambiar de opinión. Sus películas son fabulosas, pero ¿qué estaba haciendo él mientras tanto?

J: ¿Qué haces tú ahora?

C: Estoy un poco harta de las galerías porque nunca me he ajustado a lo que piden. Hago lo que me da la gana y estoy pensando más en las academias. Sigo abierta, pero me gusta enseñar mis cosas en fundaciones o algo que tenga más sentido para mí.

Para mí este es un momento de gran conexión conmigo misma. Tras haber tenido hijas y personas a mi cargo, a veces me siento egoísta y me pregunto si debería ocuparme de alguien más, como excusa para no adentrarme en mí misma. No siempre es un viaje agradable, pero aprender cosas nunca lo es, así que es una cuestión de actitud. Aprecio mis manos, aunque a veces me duelen los huesos. Ahí está mi historia y mi supervivencia, en mi cuerpo. Las cosas cambian, los cuerpos también. Siempre estoy usando mi cuerpo, por eso me he ido dando cuenta de los cambios. Pero creo que eso me hace quererlo más, me da nuevas perspectivas.

Ahora quiero crear cosas que transmitan algo. No me importa la técnica o “dibujar bien”, eso no es para mí. Quiero crear sensaciones, no necesariamente agradables. Quizás porque empezamos a estar insensibles a todo, busco esas sensaciones para mí misma.

No sé si hago arte femenino, aunque tampoco me molestaría decirlo. Soy una mujer y hago arte.

Entradas relacionadas
ÚLTIMOS ARTÍCULOS
10.I.2020

El bar de mala muerte es, ante todo, un antro literal. Sus puertas sucias se abren exclusivamente ante aquellas desgraciadas que sufrieron, como indica el título, una muerte para no recordar.

27.XII.2019

Mi trayectoria como escritora ha sido una especie de peregrinación buscando el escenario y el público donde esa voz mía me resultara más auténtica, y creo que con Flecha por fin he encontrado mi sitio.

21.XII.2019

Este verano dejé la casa de mis padres y me fui a vivir a la gran ciudad. El mismo día, al otro lado del Atlántico, nacía mi primera sobrina, Gina. Desde entonces, ella y mi independencia han ido creciendo de la mano.

21.X.2019

Las mujeres feministas somos un nuevo nicho de mercado, y diariamente salen a la venta productos pensados exclusivamente para nosotras.

Plumín
Aquí te escribo yo, Judit, sobre cosas
que me apetece compartir contigo

SUSCRÍBETE PARA RECIBIR

📮Mails que sí querrás leer
✨Novedades de Habitación Propia
🗞Cosas que no sé dónde poner