Despierta a tu mujer salvaje

19.IV.2019
Ilustración de Jennifer Dahbura

Sí, es imperativo, pero no es una orden, porque nadie te puede obligar a nada —la mujer salvaje no atiende a mandatos—, es más bien un ruego, una invitación de mi mujer salvaje a la tuya. 

Ella es la loba, tu naturaleza instintiva, el ser espiritual innato que habita en el centro de la psicología femenina. Es la salud de todas las mujeres. Así es como la define Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que corren con los lobos, una obra maravillosa que todas deberíamos leer. Ya estoy de nuevo con el imperativo. Perdóname, pero léelo, porque dentro de ti hay una mujer que conoce todos los secretos y está deseando contártelos.

En función del momento de vida en que te encuentres, lo leerás del tirón o a ratos. En función de las cicatrices que hayas acumulado, te enganchará o pasarás de largo. Algunas mujeres me dicen que lo han devorado; otras, como yo, lo hemos desgranado poco a poco, buscando el hilo que nos une con las viejas historias para poder interpretar las nuevas. 

Lo esencial no cambia por mucho que pasen los años: nuestros anhelos son atemporales y universales, y también nuestro sufrimiento. La mujer salvaje existe desde siempre y lo ha visto todo, es “la que sabe”, dice Clarissa. Ella guarda la sabiduría ancestral, no se deja embaucar por los patrones culturales del momento ni se ajusta a los moldes caprichosos impuestos por otros. No entiende de corrección política y saca los dientes, como buena loba, cuando invaden su espacio o coartan su libertad.

La autora extrae estas enseñanzas de cuentos antiguos y mitos de diferentes culturas para animarnos a conocernos mejor, a mirar hacia dentro y revaluar el papel de la mujer moderna, que ha conquistado tantos territorios a lo largo del tiempo. 

Pero, ¿a qué precio? 

Soy una mujer privilegiada, tengo que darlo todo, no puedo decepcionar. Mi NO no es aceptable. Sí a mis padres, sí a la sociedad, sí a lo que esperan de mí, sí a la culpa, sí a no pedir ayuda, sí a ser perfecta, a gustar, a alterar mi cuerpo para los demás, sí a complacer, a no incomodar, sí a callar mis deseos, a ocultar mi rabia y mi dolor…


Para, mujer. 

¿Dónde estás tú? ¿Qué quieres tú? ¿Te has dado permiso para preguntártelo, siquiera?

Todas las respuestas son válidas siempre que sean tuyas y solo tuyas.

De eso nos habla Clarissa en su libro, de la necesidad de hacernos preguntas, y de escucharnos, pero escucharnos de verdad. No te fíes de la mujer que te han dicho que eres, ve más adentro. ¿Quién eras antes de que te pusieran el diminuto corsé con el que debías andar por el mundo? ¿Cómo era la niña que aún vive aprisionada por unas normas que ella no eligió?

La civilización nos ha domesticado, ha ido acotando nuestro espacio mental y espiritual; heredamos convenciones que no nos pertenecen, que nos asfixian y chocan con nuestro yo profundo, capas pesadas que arrastramos y que nos impiden vivir una existencia creativa y plena. Necesitamos volver al origen para nutrirnos, desprendernos de lo que no nos sirve y andar ligeras. Si queremos correr con los lobos, no hay otra manera.

“Pero, ¿cómo se hace?”, te preguntarás, “¿cómo convoco a mi loba?” Algunas ya la conoceréis, si es así, contadnos. Otras la habréis sentido sin ser conscientes de lo que era. Ahora le puedes dar nombre y salir —o, mejor, entrar— por ella. 

La loba te habla a través de tu cuerpo. Haz caso a sus señales. A veces serán sutiles: un cosquilleo de placer cuando te pones a dibujar y recuerdas, sorprendida, cuánto te gustaba de pequeña. Otras veces se manifestarán con fuerza, en forma de agotamiento o angustia persistente. Utiliza esta información para hacer cambios que traigan alegría a tu vida y quítate de los hombros las cargas que no son tuyas. 

Escribe Clarissa que algunas mujeres perciben el sabor de lo salvaje durante el embarazo o la lactancia de los hijos. También se puede saborear cuando se contempla algo muy bello. O mediante la música o la poesía. “Las puertas al yo salvaje son escasas pero valiosas”, dice la autora: “una herida profunda, un cuento muy antiguo, las ansias de una vida más colmada y sensata, o amar el cielo y el agua hasta el extremo de no poder resistirlo”.

Esta última es mi puerta. Supe que Mujeres que corren con los lobos se dirigía a mí cuando leí esa frase. Hay cielos tan bonitos que me pregunto cómo es posible que la gente no se pare en mitad de la calle, extasiada, a mirarlos. 

Y el mar. El mar despierta a mi mujer salvaje.

Con la primera bocanada de aire de playa se despereza y toma las riendas. Me incita a quitarme la ropa y a vestirme solo con sal y arena. Me reta a que juegue con las olas más altas, aunque me den miedo. “¿Para qué quieres peine si tienes la brisa?”, me pregunta, mirando sonriente mi cabeza llena de nudos. Me enseña a vivir como las mareas, respetando mis ciclos, aceptando todas las estaciones de mi cuerpo. Me sugiere que elija a un amante generoso como el agua, que me acaricia cada milímetro y acoge mis formas agradecida y sin remilgos. Se sienta conmigo a mirar el horizonte azul, donde se juntan nuestros dos amores, y ahí nos quedamos, como bobas, sin ninguna prisa por separarnos.

En el mar recuerdo quién soy, cojo fuerzas y regreso a la superficie de la vida cotidiana. Cada vez que llamo a mi mujer salvaje la siento más cerca, todavía no camina a mi lado todo el tiempo, pero ya sé por dónde anda. Me la imagino de jarana con la tuya, bailando desnudas, aullando a la luna o haciendo lo que sea que hagan las mujeres salvajes cuando nadie las mira. Benditas sean.

Mujer, ojalá encuentres tu puerta. Con el deseo de buscarla basta. Ahí empieza el camino. El mundo necesita más mujeres salvajes y libres.

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