Negocios posmodernos
hechos para mí
que están en mi contra

21.X.2019
Texto de
Imagen: 'Venus del espejo', 1647. Diego Velázquez

Antes de empezar, antes de que se me tache de algo que no soy, tengo que dejar claro lo que sí soy: naturalmente, yo soy feminista. Además, me encanta decirlo, y ver cómo me miran por encima del hombro con una mezcla de pena y fastidio.

Empiezo. Total, que el otro día estaba yo navegando por Instagram, yendo de una cuenta a otra infinitamente, hasta que me topé con un pequeño negocio cuyo objetivo es promover el amor propio femenino. Hasta ahí, bueno. Mi sorpresa fue cuando descubrí que, para lograrlo, entre otros productos y actividades, tenían a la venta un “kit feminista” que incluía desde un espejito para mirarse el clítoris hasta pegatinas con mensajes empoderadores, entre otros. El kit era una explosión de color rosa, con dibujos, frases y corazones que dificultaban un poco calcular para qué rango de edad iba dirigido. Esa mezcla de ñoñería, mal gusto y mojigatería trataba de encontrar mi complicidad. Pero la verdad es que todo aquello me pareció apabullante, y en lugar de simpatía despertó mucho rechazo en mí. Serán cosas de mi generación, pero ese kit de alguna forma me estaba ofendiendo. Me explico: yo, como buena feminista, no siempre estoy de acuerdo con todas las cosas que se hacen o se dicen en nombre del feminismo —¿serán estas banalidades las que la gente desinformada asocia al feminismo “de hoy en día”? Porque entonces entendería muchas cosas—. 

El feminismo está muy de moda, tanto es así que las mujeres feministas somos un nuevo nicho de mercado, y diariamente salen a la venta productos pensados exclusivamente para nosotras. Me imagino a los marketinianos creando a la clienta tipo: “Ana, 25 años. Comparte piso y tiene un gato. Es fiestera y feminista”. Como si ser feminista fuera una personalidad. La cara no tan amable de esta moda es que existe una corriente de prácticas, lemas y productos que se toman la libertad de ser profundamente paternalistas con las mujeres en nombre del feminismo; una frivolidad que me molesta profundamente. Ahora existen las camisetas feministas, las tote bags feministas —¿puede alguien darse cuenta de que el mundo no necesita más tote bags?—, los paraguas feministas, los cortauñas feministas… 

Tanto las grandes marcas como las medianas y las pequeñas quieren llevarse su trozo de pastel, y lo consiguen sin romperse mucho la cabeza. Basta con poner Feminist en una camiseta o hacer un colgante con forma de vagina. Así de fácil lo estamos poniendo.

Imagínate que un negocio de hombres jóvenes sacara a la venta un espejito para que ellos también exploren sus partes íntimas. Porque, como la masturbación es importante para los hombres, empezando por los básicos, que descubran su cuerpo. Cuesta vislumbrarlo, ¿verdad? Nadie piensa que los hombres sean tan imbéciles. Soy consciente de que la educación en la sexualidad no es lo mismo para nosotras que para ellos, pero que la solución a esa desigualdad sea comprar un espejito rosa feminista para mirarse el clítoris es una hipérbole llevada al ridículo. 

Como he dicho, aparte del espejito, el kit incluía pegatinas con mensajes empoderadores. Gritaba a los cuatro vientos: “Gústate, gústate, gústate; cómprame para reafirmarte”. Porque las mujeres somos una montaña de inseguridades que no solo no sabemos dónde está el clítoris, sino que no sabemos dónde estamos nosotras mismas. Pero nada que no se solucione con una pegatina en la que cada día puedas leer “¡Diosa!”.

Yo soy un ser humano adulto, y sería muy ingenua si pensara que algo de ese kit feminista tiene el poder de cambiarme la vida. Nadie necesita un espejito rosa para descubrirse el clítoris. Si alguien no sabe dónde está, puede usar gratuitamente el espejo de un ascensor. Así que, por favor, dejen de fingir que les importan las mujeres o sus causas cuando lo único que les interesa de ellas es su dinero.

Las desigualdades que el feminismo expone no son una oportunidad de negocio.Tomémonos en serio. 

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