Ruth Bader Ginsburg,
legado de igualdad y justicia

22.III.2019
Texto de
Ilustración de Teresa Medina

“No pido favor alguno para mi género. Tampoco renuncio a nuestra reivindicación por la igualdad. Lo único que pido a mis hermanos es que quiten los pies de nuestros cuellos y nos permitan erguirnos en la tierra que Dios creó y nos mandó ocupar.”

Sarah Moore Grimké, abolicionista, escritora y sufragista estadounidense

En las calles aledañas al palacio de la Corte Suprema de los Estados Unidos se pueden ver las estatuas de quienes han protagonizado grandes episodios en la historia del país, desde el general George Washington hasta el estadista Daniel Webster. Todas estas figuras presentan como común denominador, además de su seria e imponente postura, el haber sido el vehículo de las realizadoras Julie Cohen y Betsy West para plasmar en su documental RBG (2018) un resumen de los insultos y calificativos denigrantes que se han vertido públicamente sobre la jueza Ruth Bader Ginsburg, incansable defensora de la igualdad de género y vigente icono popular para los millennials estadounidenses.

“Bruja”, “antiamericana” y “zombi” son algunas de las perlas que la jurista ha tenido que encajar de parte de sus principales detractores, entre ellos el presidente Donald Trump, quien en una ocasión llegó a describirla como “una desgracia para la Corte Suprema”. Pero Kiki, como sus amigas la conocen, lejos de responder con el mismo tono barriobajero, ha preferido que sus actos digan más que sus palabras. 

“Sé una dama y sé independiente […] y no te dejes llevar por las emociones”, recuerda en el documental la jueza Ginsburg al hablar de su madre, Celia, figura determinante en su carácter y en su probada capacidad para sobrellevar situaciones adversas, dos virtudes que ha forjado desde temprana edad y a través del sinnúmero de obstáculos que tenido que superar en su carrera y en su vida privada. 

Tras graduarse con honores en la universidad de Cornell, Ginsburg ingresó en la escuela de derecho de Harvard, con la resistencia social que subyace a pertenecer a una facultad que albergaba a nueve mujeres y quinientos hombres. El decano se hizo eco de ese hecho en la cena de bienvenida, cuando pidió a cada una de ellas que se presentara y argumentara por qué estaba ocupando un asiento que podía pertenecer a un hombre.

Pero no fue ese el golpe más duro que la jueza ha recibido en su vida. Este llegó cuando su marido, Martin, fue diagnosticado con cáncer testicular. Ginsburg afrontó la situación y asistió a las clases de Martin para tomar apuntes y luego transcribírselos con su máquina de escribir hasta altas horas de la noche, ayudándolo a mantener su desempeño académico y a superar tan dura enfermedad. Ginsburg ya había perdido a su madre a manos del cáncer en sus años de instituto y, a finales de 2018, lo sufrió en carnes propias por tercera vez, tras un cáncer de colon en 1999 y otro de páncreas en 2009. El resultado, RBG 3, cáncer 0. 

Conocido su viaje y celebrado su presente, es momento de resaltar su trabajo. La jueza Ginsburg —o Notorious R.B.G., como la llaman sus fanáticos en una clara referencia al impacto popular del rapero “Notorious B.I.G.”—, ha protagonizado algunos de los juicios con mayor relevancia cultural en la lucha por la igualdad legal entre hombres y mujeres en su país. Entre ellos, veamos los tres que considero más importantes.

Frontiero contra Richardson (1973)

“Tienes suerte de que la Fuerza Aérea te deje servir con nosotros”. Esta fue la respuesta que un funcionario lanzó a una atónita Sharron Frontiero, teniente de la aviación militar americana, que exigía el mismo monto económico por concepto de vivienda y medicinas que recibían sus compañeros pilotos. Su sorpresa fue aún mayor cuando, tras recurrir a un abogado, supo que existía una ley que apoyaba tal discriminación. Fue en ese momento cuando entró en escena la jueza Ginsburg, que por aquel entonces codirigía un proyecto orientado a los derechos de la mujer en la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés).

Tras redactar una carta listando una serie de antecedentes legales sobre discriminación de género, Ginsburg añadió un apéndice en el que resumía el trato hacia la mujer en la Historia de los Estados Unidos, utilizando palabras y expresiones como “considerada inferior”, “subordinada”, “derroche de recursos humanos”, “dependiente” y “demasiado débil para votar”. Con ello logró que los juristas entendieran lo que significaba el hecho de ser considerada ciudadana de segunda clase. La Corte Suprema votó ocho contra uno en su favor.

Weinberger contra Wiesenfeld (1975)

Stephen Wiesenfeld era un informático que vivía con su mujer, Paula. Ella enseñaba matemáticas en una escuela secundaria y ganaba mucho más dinero que su marido. Cuando murió, a consecuencia de unas complicaciones en su embarazo, Stephen, convertido de repente en único proveedor para su hijo, solicitó la ayuda económica que la seguridad social otorgaba en casos de viudez, pero le fue denegada. ¿Por qué razón? La ayuda se destinaba únicamente a mujeres, no a hombres.

“Ese caso resultó en un fallo unánime a favor de Stephen Wiesenfeld. Su caso fue el ejemplo perfecto de cómo la discriminación basada en el género nos afecta a todos”, comentó Ginsburg frente al Senado de los Estados Unidos en 1993, tras ser nominada jueza asociada de la Corte Suprema, por Bill Clinton.

Estados Unidos contra Virginia (1996)

Ginsburg defendió el derecho de una estudiante de instituto de postularse a la Escuela Militar de Virginia (VMI, por sus siglas en inglés), una institución estatal con más de ciento cincuenta años de antigüedad dedicada hasta entonces exclusivamente a la formación militar para hombres. 

En su fallo, concluyó: “Algunas mujeres pueden cumplir los estándares físicos que la VMI impone a los hombres. Son capaces de todas las actividades requeridas a los cadetes de la VMI y les gustaría ingresar en la VMI, si tuvieran la oportunidad. Este fallo, en base a lo que las mujeres pueden hacer, decreta como presuntamente inválida una ley que les niega las mismas oportunidades para aspirar, lograr, participar y contribuir a la sociedad”. 

Tras este dictamen, y de la misma forma en que las nueve estudiantes de Harvard lo hicieron en 1956, un pequeño grupo de mujeres se enfrentó al sistema y pudo ingresar en una institución dominada íntegramente por hombres. “No estábamos allí para romper la tradición, sino para enriquecerla”, comentó una de las integrantes de la primera promoción femenina de la VMI.

Si el exterior del Palacio de la Corte Suprema está custodiado por monumentos y esculturas que celebran el pasado, es en su interior donde reside la figura de quien, hasta el día de hoy y a sus ochenta y cinco años, sigue dedicada a proteger la justicia y la igualdad para todos los hombres y mujeres estadounidenses.

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