Tendencias

15.V.2019
Texto de
Ilustración de Verónica Cassiani

No salgo a correr. No hago yoga, ni pilates, ni zumba, y tengo que googlear “CrossFit”, “aquapunching”, “TRX”, “Sh’Bam” y “Tabata” si aparecen en la conversación. Yo me quedé en el aeróbic y el chándal de táctel. Pero este año, animada por mi hermana, acabé apuntándome al gimnasio municipal.

Quiero creer que fue fruto de la conveniencia horaria que acabara eligiendo aquagym de entre todas las actividades ofertadas. De repente me vi en la piscina infantil con mi inadecuado bañador de playa y las palmas de las manos chapoteando la densa agua clorada envuelta de mujeres sonrientes que bien podrían haber sido mi abuela. Para cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde, ya no podía desertar. Salir de la piscina hubiera sido toda una declaración de intenciones. Me imaginaba mis muslos, todavía tersos, paseándose por el borde de la piscina, restregándoles su juventud mientras ellas hacían círculos en el aire con sus brazos colgantes. Estaba apretujada en una fila india, dando vueltas alrededor de la piscina por inercia, cuando la señora de atrás me dio una palmadita jocosa en el trasero y me animó a que me moviera con más brío. Era imposible ofenderse, y mucho menos huir. Ignoré a los hombres y sus bañadores apretados cuando miraban curiosos hacia nosotras y decidí fundirme con aquel grupo de mujeres que había venido a pasárselo bien. 

El tiempo transcurrió lentamente, lo suficiente para que se me formara una ampolla legendaria en una de las almohadillas de los dedos del pie. Salí cojeando, mientras las señoras caminaban risueñas con sus escarpines. Cuando llegué al vestuario, ya estaban todas desnudas. Cuerpos libres y rotundos, pechos abandonados a su gravedad, vientres desbordados, muslos ondulantes, pieles plegadas sobre sí mismas, cicatrices remendadas y venas serpenteantes. 

Me hubiera quedado embelesada mirando esos cuerpos vivos si no fuera porque me pudo el decoro. Hice como que me ataba las zapatillas, doblaba meticulosamente la toalla y buscaba algo en la mochila con el único objetivo de bajar la mirada para luego echar un vistazo por el rabillo del ojo. Ahí estaban sus curvas desenvueltas y… algo más. Sin un misterioso pelaje que las protegiera de mi vista, allí estaban sus vulvas. Peladas, descubiertas, reveladoras. Colgantes, asimétricas, desparramadas, estrechas, escondidas, abiertas, cerradas, rosáceas, oscuras, ovaladas, lineales, arrugadas, lisas, grandes, chiquitas, húmedas, secas, con forma de rosa, de cala, de mariposa, rugosas, plisadas, brillantes, mate, moteadas. Todas únicas, diferentes y sin pelo. 

Pensé que sería por la edad, que por algún procedimiento hormonal que yo desconocía el vello se les había caído. Al fin y al cabo, nunca había visto a una señora mayor desnuda. Mi abuela era de las que nunca se puso un bañador y llevaba combinación hasta las pantorrillas. Pero en ese momento un ejército de mujeres con el rostro rojo e hinchado entraron en el vestuario. Se despojaron de sus vestimentas de spinning y dejaron al descubierto sus montes de Venus deforestados. Algo había sucedido en la sociedad, y yo no me había enterado. ¿Se habían ido copiando silenciosamente las unas a las otras? ¿Lo habían hablado tomando una taza de café a la salida de taichí? De repente me había convertido involuntariamente en la resistencia de una moda desconocida en la intimidad de mi casa. ¿No era increíble que todas las mujeres, al unísono, se hubieran decantado por la misma estética? ¿Cómo coño había sucedido?

Para mí, toda aquella piel despojada de pelo advertía de la intromisión de una idea hasta uno de los lugares más íntimos del ser. Me daba igual si así era más sano, placentero o cómodo. Me dio miedo la uniformidad. Recogí mis cosas y salí de allí. Regresé a mis paseos nocturnos, a la soledad de mi casa, a la lenta y paulatina decadencia de un cuerpo: singular, único y mío.

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