Una habitación propia
en la ciudad

21.XII.2019
Texto de
Foto de la infancia de la autora

Este verano dejé la casa de mis padres y me fui a vivir a la gran ciudad. El mismo día, al otro lado del Atlántico, nacía mi primera sobrina, Gina. Desde entonces, ella y mi independencia han ido creciendo de la mano.

Hasta entonces, yo había sido la más joven, el último nacimiento. Veintitrés años después, Gina llegaba a una familia separada geográficamente por la dictadura castrista, en. Miami, Barcelona y La Habana, pero unida en un grupo de WhatsApp. 

Pensaba que mis padres no iban a soportar otra fragmentación cuando me fuera, pero, como a mis hermanos, mi momento había llegado. Tenía que irme a ser adulta. 

El primer mes fue el peor. Uno de mis mayores miedos era quedarme dormida y que nadie me despertara a tiempo. Tuve varias pesadillas en las que llegaba tarde a todas partes. Aun así, y a pesar de que eso me mantenía despierta casi toda la noche, luego me levantaba a mi hora y entraba en el ritmo del día sin dificultad. Gina tampoco dormía bien. Salir de la burbuja que nos había guardado durante tanto tiempo y enfrentarnos al mundo no se hizo fácil para ninguna de las dos. 

Recuerdo que una de las cosas que más me impactó es la cantidad de objetos tiene que tener una casa. De repente, necesitaba un abridor de botellas propio, una caja de herramientas propia, una alfombra de ducha propia… Este tipo de cotidianidad me abrumaba.

Las primeras veces que deambulé sola por el barrio —ya fuese para comprar toallas o para conseguir una jabonera bonita— sentí a mi madre lejos como nunca antes.

Siempre me había definido a mí misma como una persona bastante independiente que disfrutaba de la soledad, pero el segundo mes viviendo sin ella descubrí que la soledad tiene matices que no me gustan tanto. Cuando mis padres venían a visitarme y se iban, a veces me daban ganas de llorar. Me reía de mí por ser tan floja, porque Gina casi no lloraba en Miami. 

A veces limpiaba la casa entera tres veces por semana, fregaba los platos de la cena al día siguiente, ponía lavadoras cuando no quedaba nada limpio. Todos esos recordatorios de que era un ser que ocupaba un espacio y lo transformaba no conseguían cuadrar con mi agenda laboral, social y de salud. O ponía lavadoras o escribía; o fregaba o dormía; o limpiaba o salía. El día no tenía suficientes horas para mí y para mi casa. E iba a ser así por el resto de mi vida. Afortunadamente, todo eso empezó a encajar en el tercer mes. Poco a poco fui entendiendo que no tenía que tenerlo todo bajo control todo el tiempo.

Volver a la casa de mis padres me traía muchos sentimientos. Nunca llamaba al timbre al llegar; abría con mi llave para no olvidar que ese también era mi lugar. Mi antigua habitación estaba intacta, pero, como me había llevado todas las cosas que la hacían mía a mi nueva vida, se respiraba un aura impersonal. Los muebles blancos impolutos, el tocador más ordenado que en sus mejores días, la ropa de cama sin arrugas… Ese sitio ya no era mío, y todos los recuerdos de ahí se tenían que quedar atrás. Ahora me tocaba crear otros distintos en otra parte.

En el cuarto mes, Gina y yo ya reconocíamos algunas caras de los vecinos. Susana, la de al lado, siempre ponía a Rosalía a todo trapo. Cuando se cansaba, saltaba a Dua Lipa, que tampoco estaba nada mal. Yo seguía sin tener sofá y mis amigos me querían matar cada vez que venían a visitarme. Pero no me importaba, porque mi habitación tenía un espejo de estilo victoriano, y unas flores de Ikea crecían vigorosas en el balcón. 

El quinto mes por fin fue rutinario. Ya tenía sofá, sabía lavar prendas de lana y también cuál es el mejor día de la semana para comprar verduras. Cuando veía que me iba a poner melancólica, a veces me lo permitía, y en otras entraba en Netflix. Mi padre me compró una colección de libros de grandes autoras, y empecé a encontrar tiempo para leer. Llegar a casa, encender la lamparita del balcón y preparar un vermut con la luna en el fondo era de los mejores momentos de la semana. 

Hoy mis padres me han visitado y me han ayudado a preparar una comida importante que celebraré mañana. No importa dónde esté, ellos siempre consiguen encontrar la manera de venir y ayudarme. Si no me hubiera ido, nunca habría sido consciente de lo que tengo. Hoy hemos aprovechado para hacer una videollamada con mi hermana y Gina, que ayer cumplió seis meses. Ya le están saliendo los primeros dientes. 

He intentado con poco éxito que mi madre no fregara toda la casa antes de irse. Al despedirse, ha dicho: “Yo siempre voy a querer que estés conmigo, pero has hecho bien”. 

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